El cuento en la primera infancia como experiencia formativa basaba en la comunicación y el disfrute. Ampliación de mi colaboración con Mª José Pérez Barco para su reportaje “Los mejores trucos para contar cuentos a nuestros hijos”.

ABC Familia, 9 septiembre 2013.

 

DOS CONSIDERACIONES PRELIMINARES:

1.- Comunicase, entretenerse, aprender

Cada vez que leemos un cuento a un niño hacemos tres cosas juntos: en primer lugar, nos comunicamos y relacionamos; en segundo, nos entretenemos y disfrutamos; y en tercero, aprendemos y nos cultivamos. Se trata de fenómenos vinculantes. Pero conviene tener en cuenta esta distinción, y además en este mismo orden de jerarquía: Comunicación, Disfrute y Aprendizaje.

El vínculo con los hijos través de la lectura o cuento se cimenta a través de los dos primeros factores como la mejor puerta de acceso a la experiencia de aprender y al contacto con la cultura, aquí secundario. Cuando el adulto gestiona con inteligencia didáctica estas tres variables, entonces podemos referirnos al cuenta-cuentos como acción formativa.

2.- Hablar, contar, cantar… Leer

Y como el verbo –oralidad– precede al texto –lectoescritura–, conviene también distinguir entre hablar, contar y cantar como actos comunicativos verbales que anteceden y/o acompañan la iniciación a la lectura.

Al bebé –en términos de comunicación verbal– lo más importante es hablarle con ternura y claridad. Frases sencillas y cortas, bien pronunciadas, cadencia proporcionada y armoniosa. Se trata de desarrollar el vínculo afectivo y el primer aprendizaje pasivo del lenguaje a través de la voz de los padres.

Este hablar se irá entrelazando progresivamente con un contar natural y espontáneo, de cosas que le decimos y que nos oye, secuencias de acontecimientos rutinarios... Al bebé podemos contarle muchas cosas, empezando por lo que hacemos con él cuando le cambiamos o jugamos con él.

La tendencia a una comunicación verbal dulce y suave con el bebé es un universal dentro de la especie humana. Así como su expresión musical en forma de melodías reconfortantes –nana–. El lenguaje amplía nuestro repertorio de crianza, así como cantar incrementa el potencial afectivo de nuestra comunicación oral.

De toda esta gama de comunicativa, leer será la última en incorporarse. Los primeros meses, el único libro que el niño necesita es la voz y el cuerpo de los padres; especialmente el de la madre. Cuantos menos objetos/personas intermedien entre ellos, mejor.

El libro, como soporte físico, empezará a tener interés para el bebé en la medida en que pueda explorarlo sensorialmente: tocarlo, abrirlo, pasar páginas, llevárselo a la boca… Para ello, los hay de muchas texturas, tamaños y materiales. Aunque los niños suelen mostrar preferencia por los libros que ven manipular a sus padres, y si tienen acceso a ellos no tardarán en intentar cogerlos. Leer al niño, en este contexto, es una actividad siempre subordinada a un hablarle, contarle y/o cantarle, y su presencia sólo interesa como soporte adicional al servicio de la comunicación afectiva. La ausencia o privación de esta relación oral puede resultar catastrófica para el bebé, si damos crédito al relato acerca del experimento de Federico II [1].

SUGERENCIAS DIDÁCTICAS:

A qué edad empezar

Hablarle, contarle cosas y cantarle canciones antes del minuto cero; es decir, las embarazadas lo hacen. El libro, como digo, puede introducirse a medida que el niño le interese como objeto de exploración. Hacia el primer año podemos mostrarle cuentos breves, ilustrados. A medida que le compramos libros, podemos guardarlos a su alcance. Hacia el segundo año, el niño empezará a mostrar preferencia por algunos de ellos, y no tardará en pedirnos que se los contemos. Es clave señalar que a los dos años comienza su desarrollo simbólico, su inteligencia para la fantasía y el juego imaginativo. Esta nueva capacidad incrementa su capacidad de relación con el libro a través de los cuentos ilustrados; el texto todavía carece de interés.  

El mejor momento

La hora de irse a la cama es perfecta para aprovechar un contacto de intimidad serena con el niño. El cuento (o una conversación serena sobre los acontecimientos del día) son una oportunidad de comunicación verbal y afectiva. Esto tiene un efecto 'sedante', pues favorece que el niño se sienta estimado y protegido, y por lo tanto la conciliación del sueño. Pero esto no es prescriptivo. Podemos contarle cuentos en cualquier otro momento que sea oportuno.

¿Siempre que el niño lo reclame?

Depende de la edad del niño y de la disponibilidad de los padres, así como de otras circunstancias. Más que un 'hay que hacerlo', la pregunta es si 'es el momento y puedo hacerlo'. Tampoco está de más que, de vez en cuando, cojan un libro y se entretengan con él ellos solos; para ello, es importante que los tengan a su alcance, que formen parte de su repertorio de ‘pertenencias’.

Quién escoge la historia

El niño elige entre el material que previamente han dispuesto los padres. Y estos últimos son los responsables de lo que ponen en sus manos. Dentro de esa gama, hay que estar atento a sus preferencias e intereses.

¿Por qué quieren repetir?

La repetición es una estrategia evolutiva que favorece el desarrollo de la memoria y el aprendizaje. En la infancia es habitual para reforzar y automatizar procesos cognitivos. Es un recurso de la inteligencia natural del menor.

Distracciones

Cuantas menos distracciones mejor, sin duda. Evitemos especialmente los aparatos eléctricos. Un entorno tranquilo y silencioso estimula la concentración en el acto compartido de esta lectura. Cuanto menor es el niño más sensible es a los estímulos distractores. Cuidar el entorno es el primer paso hacia una educación de la focalización atencional.

Para mantener la atención

Primero, asegurarse de que el estímulo interese al niño –captación–. Luego ser didáctico: dramatizar, implicarse, hacerle preguntas..., para sostener su atención. Y sobre todo no cansar, ajustarse a su curva de rendimiento y ser flexible y comprensivo con su labilidad.

Cuánto tiempo dedicarle

Depende de la edad del niño, de las circunstancias, la hora... A veces 5 ó 10 minutos puede ser mucho; otras, el mismo niño puede parecer inagotable. Por lo general, el niño marca la pauta. Él suele ser quien lo pide y quien dice basta.

¿Lectura dramatizada?

Lo más importante es mostrar y transmitir interés. No es necesario forzarse a hacer algo que a uno le resulta incómodo o artificial. Cada uno tiene su estilo. Una cierta dramatización siempre es más eficaz. Pero puede bastar el uso de recursos verbales (tono, tipo voz, modulación, volumen), o gestos mínimos como usar la mano para señalar objetos del cuento, etc. Por las noches, cuanto más suave mejor. Se trata de ayudarles a relajarse, no a activarse.

Cómo guiar la lectura

Depende de la edad, de su capacidad de concentración, de su demanda... Lo mejor es estructurar la narración de forma simple y coherente. El detalle excesivo puede dificultar la narración o desviar su atención. El detallismo, la complejidad escénica y verbal deben ir incorporándose de forma progresiva. Es más importante destacar y aprovechar aquellos detalles en los que el niño se fija, aquellos por los que muestra interés. El niño, conviene recordarlo, tiene su inteligencia. No es necesario sugestionarle ni dirigirle. Él decide qué es superfluo y qué relevante para su propio aprovechamiento cognitivo y emocional. En cierto modo, él es quien nos cuenta el cuento a nosotros: nos guía, nos pide que saltemos de página, se inventa conexiones, nos hace preguntas sorprendentes y observaciones ingeniosas…

Cómo debemos leer

En términos generales: sencillez, claridad y brevedad pueden ser la norma. La complejidad debe ser introducida de forma inteligente y paciente. Al principio, podemos utilizar las ilustraciones como guía, sin necesidad de leer exactamente el texto correspondiente. Éste lo podemos abreviar, parafrasear o ignorar; podemos inventar sobre la propia historia. Lo que importa es construir una trama simple y coherente que interese, reconforte y cautive al niño. 

¿Le hacemos preguntas?

Pueden formar parte de un ritual –ej: cuando llegamos a cierta página papá pregunta '¿y qué pasaba entonces?', señalando la viñeta–, pero siempre sin agobiar, sin examinar. No se trata de poner a prueba al niño.

¿La relacionamos con su vida?

Sobre todo si se hace atendiendo a criterios de significatividad –requiere estar al tanto de la vida y sucesos del niño– y formativos –el sentido educativo que le demos–.

¿Final feliz?

Por lo menos sí en la primera infancia. Todos los cuentos infantiles contemporáneos orientan su trama hacia una resolución feliz del conflicto planteado tras el idilio inicial: 1- presentación ideal, 2- nudo conflictivo, 3- desenlace feliz; con presencia de diferentes elementos que pueden rastrearse en la morfología propuesta ya por Vladimir Propp (Morfología del cuento, 1928).

El niño está indefenso ante situaciones ambiguas y complejas que no está formado para procesar y gestionar. Su seguridad radica en la visión del mundo que le transmitimos.

Necesita, por lo tanto, estructuras narrativas simples que le permitan experimentar dosis adecuadas de sus propias emociones naturales desagradables –rabia, miedo, tristeza– en un contexto donde las emociones naturales agradables antagónicas –amor, poder y alegría– resulten triunfantes. El cierre feliz permite al niño dar por concluido el ciclo de la narración, tanto en términos afectivos como en los de su propia estructura mental [2].

¿Hasta qué edad?

En términos generales, la capacidad de leer por uno mismo va sustituyendo la necesidad de que te lean. Pero compartir intereses y emociones en torno a una narración oral o un libro es un placer y una fuente de crecimiento personal durante toda la vida. Aquí la clave es el perfil lector de los padres. Es el hábito de estos el que generará el clima decisivo. Un niño que crece en un hogar con libros a su disposición y ejemplo de lectores seguramente hará amistad con los libros y la cultura.

Enlace: http://www.abc.es/familia-padres-hijos/20130208/abci-consejos-leer-cuentos-201302071236.html

Notas

[1] Con la intención de descubrir qué idioma hablarían de mayores los niños si no hubieran hablado con nadie antes –si hebreo, latín, árabe o la lengua de sus padres-, cuenta un relato que Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), rey de Sicilia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, ordenó que un grupo de bebés fueran criados sin recibir ni un solo aliento de voz humana por parte de sus cuidadoras. El resultado, según la crónica de Fray Salimbene, fue el siguiente: “Murieron todos cuando se les privó de la comunicación con seres humanos, pues no podían vivir sin las caricias y los alegres rostros y las palabras cariñosas de sus madres de adopción, o sin esas canciones de cuna que cantan las mujeres para dormir a los niños y sin las cuales no descansan”. DeMause, Lloyd: Historia de la infancia (“The Psychohistory Press”, NY, 1974), Alianza Universidad, Barcelona 1982, p. 151.

[2] No obstante, esta es una tendencia contemporánea que tiene sus raíces en el siglo XIX y su preocupación por la formación moral. Durante esta época, muchos cuentos populares fueron ‘censurados’ por la brutalidad e inmoralidad de algunos de sus pasajes, y sus versiones tradicionales expurgadas y adaptadas a nuevos cánones pedagógicos. El psicoanalista infantil Bruno Bettelheim (Psicoanálisis de los cuentos de hadas, 1976) consideraba que la crueldad de los cuentos tradicionales permitía al niño procesar de forma simbólica el lado oscuro de la vida: odio, angustia, envidia, sufrimiento, miedo a la separación o el abandono…, como vía exploratoria de la realidad interior.